Imatges retrospectives d'una ciutat

Les muscleres de Montjuïc

Ja he escrit sobre el riu Llobregat, la platja de l’Hospitalet, Sant Pere Martir, accidents geogràfics que envolten la nostra ciutat, i avui vull parlar sobre Montjuïc. Fa uns dies em vaig llegir el llibre “Montjuich de Antaño. Estampas de la montaña” que Luis Baile Lisón va escriure a l’any 1942; és un compendi bastant personal de records, històries, llegendes,… sobre la muntanya, i he seleccionat una que m’ha semblat interessant per traslladar aquí. No tracta sobre el sector més proper de la muntanya, però segur que coneixeu el lloc. Per acompanyar el text he fet una mica de recerca i he posat algunes fotografies (i fins i tot un vídeo musical), que pot ser no són totes dels mateixos anys, però crec que són ilustratives. El text es titula,…

MOLUSCOS

Igual que las casas colgadas sobre el Huecar de Cuenca pendían sobre la carretera de Casantúnez, casi frente adonde hoy se asienta la estación de ferrocarril del Puerto, estos merenderos que por corrupción popular de la voz molusco llaman musculeras [suposo que vol dir muscleres].

Abajo, en la pequeña bahía del muelle de San Beltrán estaban anclados los pontones criaderos de ostras de negras valvas y de pulpa anaranjada que ofrecen al gastrónomo de cosas de mar uno de sus más deliciosos bocados. De allí las subían chorreando agua salina, frescas y palpitantes como herida junto al corazón, para ofrecerlas a la clientela, a veces popular, a veces distinguida.

[Afegeixo aquí aquest article del núm. 21 la revista Imatges del 20 d’octubre de 1930, suggerit per Manuel Domínguez del Centre d’Estudis de l’Hospitalet]


Sobre ellos, separando solamente por un tajo por cuyo fondo pasa el camino antiguo de Miramar, se alza la fábrica reconstruida de este famoso y caro restaurante.

Este camino que tantas veces ha servido para traer, en noches trágicas hombres corajudos a dirimir sus contiendas a facazo limpio, también ha llevado hasta estos merenderos su clientela varia que, nada belicosa por cierto, más gustaba de la paz contemplativa y de la dulce tranquilidad, que engendran unas docenas de mariscos humeantes de vapor y olorosos a buen condimento.

Cuando las torres de la boca del puerto se alzaban sobre el muelle de Barcelona junto al embarcadero de los grandes trasatlánticos italianos, el mar besaba casi las vías del ferrocarril y en la dársena de San Beltrán atracaban los vapores ingleses de cuyas panzas insondables salían toneladas y toneladas de carbón.

Desde los cuartitos reservados de las musculeras se podía contemplar el tráfago de hombres que en negras teorías sacaban cestones y cestones de hulla británica.

Un poco más apartados, hacia la escollera que separaba del mar libre, estaban los veleros italianos. Veleros que traían carbón vegetal de Sicilia, de Córcega o de Cerdeña

Era grato el espectáculo desde el recogido y prominente observatorio.

La mesa servida para merendar los deliciosos moluscos, la tarde barcelonesa, tibia, susurrante de lejanos rumores de la ciudad; y cuando el bon yantar de nuestro Arcipreste de Hita, alegraba el alma con el cosquilleo de sus calorías, repartiéndose por el organismo, subía del Puerto una música de acordeón y una voz napolitana cantaba plena de nostalgia una alegre tarantela.

Era un velero de Italia, donde los pobres marineros evocaban líricamente el dulce pais de su nacimiento, la patria de allende Mediterráneo cuyo pabellon tricolor, con la cruz de Saboya se mecia en lo alto del palo masana.

Sólo por vivir estos deliciosos momentos valía la pena llegar hasta los merenderos colgantes, donde económicamente se podía comer a la marinera de una manera substanciosa.

Y cuántas veces parejas de enamorados, llevados por el atrayente deseo de sumergirse en la paz de un aislamiento, se llegaban hasta estas musculeras clásicas de sabor costero y plácidamente en el pequeño comedorcito, amplia miranda al mar y al puerto, dejaban pasar el tiempo tras la merienda amablemente compartida.

¡Qué de recuerdos sabrosos y sentimentales traerán a algunos de nuestros lectores esas casitas colgantes  de sota Miramar! No debieron desaprecer nunca, porque, además de lo original de su situación y de su estructura, daban a la montaña de Montjuich el prestigio de una tradición clásica y humilde, que debió conservar para ofrecer siempre el contraste necesario en cada perspectiva. Bien está que el Miramar de los ricos barceloneses se haya modernizado para ponerse a tono con los gustos de esta generación refinada o más exigente que la anterior.

Pero estos merenderos, estas pequeñas musculeras colgantes debieron respetarse como cosa sagrada. Tan sagrada como la discreción de sus camareros que pisaban fuerte o llamaban quedamente antes de entrar, para no sorprender nunca a una pareja que, ante la maravilla de su propio amor jugaban a películas y se hallaban en el preciso momento del beso de largo metraje.

REFERÈNCIES

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